Mi puerperio: encontrándome con mi loba interior

Recuerdo como si fuera algo muy lejano ya, mi primera vez frente a un espejo después del parto. Estábamos internados todavía, fue unas 10 horas después. Thiago dormía en brazos de su papá y quise aprovechar a ducharme. En el baño de la habitación, un gran espejo dominaba casi todo. Imposible esquivarlo; la ducha estaba enfrente y sin cortina ni mampara.
Me desnudé y me miré atentamente. La panza había perdido obviamente volumen pero todavía no era mi «panza de antes» (sigue sin serlo…). Mi pelo era un desastre. Mis ojeras marcaban las dos noches que ya llevaba sin dormir. Tenía la cara, los hombros y el cuello llenos de pequeñísimas petequias, fruto del esfuerzo de parir. Mis tetas estaban inflamadas, todavía no chorreaban, los pezones empezando a formarse. Goteaba sangre constantemente de mi útero.
Nunca me vi más hermosa.
Los primeros días fueron difíciles, sí. En el sanatorio no ven con buenos ojos que te conviertas en bicho. Ya llegados a casa, fui entregándome lentamente al proceso. Soltar el ego cuesta; dejar ir tu imagen de mujer eficiente, ama de casa, profesional.
Lo primero fue olvidarme del reloj. La teta siempre disponible es básica para el bebé, todos lo sabemos. Pero pocos te dicen que también es básica para vos. Al menos para mí, fue lo que me permitió cambiar el chip. Convertirme en una mamífera, hormonas revueltas, cuerpo chorreante (leche, sangre, lágrimas) con la cría pegada a la piel. Y aceptar que nada más podés «hacer». Uno siempre quiere «hacer» algo con las situaciones para que pasen rápido.
Cada tanto salía al mundo exterior; bajar al almacén a buscar leche y pan se convirtió en mi «recreo» diario. Y lo disfrutaba.
Pero en casa estaba mi centro, mi motor.
Conté con el apoyo que toda puérpera debería tener sin pedir: mi compañero, mi mamá, mi suegra, iban y venían, rodeándome de amor y cuidados de esos que no sabías que necesitabas hasta que te los ofrecen.
Lloré mucho. De felicidad, de miedo, de amor y de angustia también.
Hoy, todavía puérpera pero en otro lugar ya, recuerdo esas semanas con algo de nostalgia y mucho de orgullo. Sé que hice lo mejor que pude haber hecho para mí y para mi bebé. Y ya no hay vuelta atrás; esta loba llegó para quedarse, viendo a su cachorro crecer y recordándome que todo eso, lo logré yo.

7 Comments

  1. que lindo nena!!!!!!!!!!1 me alegra un montón que hayas llegado a esta etapa en tu vida, ya que compartimos muchas etapas importantes juntas y como no podemos compartir esta me alegra que la compartas de esta manera…un abrazo grande

    Claus

  2. Todas las mujeres tenemos esa loba adentro, y la gata que lame, y la tigra que defiende y la mona que abraza y la cangura que porta………….Me alegra que te hayas encontrado, y me encanta poder ser parte de ese proceso, así lo soñé. tu mami.

  3. Tu abue se puso a llorar de la emoción, cuando se lo leí.
    Mujer-loba también!!!!!!!!!

  4. Como hubiera querido vivirlo asi, pero estuve lejos de mi tierra, de mi madre, padre y familia, dejandome arrancar mi pedazo de amor por manos extrañas y sin los cuidados que no sabia ni creia que necesitara, cuanto dolor…

    1. Hola Ximena, bienvenida y gracias por comentar. Lamento que recuerdes esa etapa con dolor. Cada puerperio es diferente, es importante que te hayas dado cuenta de tus necesidades y deseos. Ojalá puedas superarlo y salir fortalecida. Un abrazo afectuoso.

  5. Wow q recuerdos! Que perdida q me sentía, tan lejos de mi familia pero con el apoyo más grande q pude haber tenido, mi esposo.
    En aquellos días el tiempo parecía no pasar y acá me encuentro ya 18 meses después con mi cachorro aún enganchado a la teta, felices y afrontando cada nueva etapa.
    No soy la misma, lo se y lo siento, gracias a mi cachorro.

    1. Qué lindo Diana! Ser capaces de sentir y aceptar gozosamente que la maternidad nos transforma! Muchos besos para vos y tu cachorro!

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