Poner límites o consentir deseos: eterno dilema?

Si bucean por la blogósfera ma/paternal, verán que está lleno de artículos sobre este tema.

Ser papás nos enfrenta con nuestros propios límites
Ser papás nos enfrenta con nuestros propios límites

En los grupos de crianza suele surgir desde un principio.

También lo recibo como consulta en mis asesorías a familias.

Qué es lo que (nos) pasa con los límites? Por qué son zona de conflicto?

De qué hablamos cuando decimos «Límites»?

Esta suele ser mi primera pregunta cuando alguien me consulta por este tema. Todos usamos la palabra «límites» pero no todos entendemos lo mismo.

Se ha extendido el uso de forma tal que se desdibuja el significado. Vemos un niño haciendo un berrinche, y el comentario es «A ese niño le faltan límites». Las maestras no hablan de otra cosa en las reuniones. Los papás preguntan desesperados «Cómo hago para ponerle límites?» sin detenerse a pensar si es necesario hacerlo.

Cuando pregunto qué se entiende por «poner límites», las opiniones se empiezan a separar. Y lo que aflora en general, son otros conceptos: obediencia, necesidades, deseos, roles desdibujados al criar…

Y, a mi entender, surge lo que es el nudo del conflicto: ser papás nos pone en contacto con nuestros límites, nuestras dificultades para amar sin condiciones, para estar disponibles ante la demanda incansable de nuestros niños.

Claro, después de estar todo un día (o a veces sólo una hora!) acompañándolos en sus vaivenes, nos sentimos agotados y nuestros hijos quieren más.

Pero plantear desde esa situación, la necesidad de «poner límites» para no agotarnos, es pararnos desde una visión adultocéntrica que invisibiliza las verdaderas necesidades del niño en su desarrollo. Yo no quiero cansarme, así que vos limitate.

Además, muchas veces lo que percibimos como agotamiento es en realidad cansancio por estar luchando constantemente con nosotros mismos. Quienes intentamos criar de una forma más respetuosa, estamos la mayoría de las veces con un pie en el aire: logramos cierto contacto con nuestro instinto y deseamos atender las necesidades de nuestros cachorros, pero la presión social también pesa. Estaré haciendo las cosas bien? O estaré criando un tirano/futuro delincuente?

Sería interesante si probáramos buscar qué cosas nos limitan en nuestra vitalidad, para así poder disponer de más energía en nuestra función parental…

Consentir no significa ser permisivo

Claro, me imagino que estarán pensando: «Pero si estoy todo el día haciendo lo que él quiere, va a ser un malcriado».

No, acompañar a nuestros hijos en sus necesidades y reales deseos no es permitirles que hagan cualquier cosa.

Porque ése es el otro extremo: no marcar los límites que sí existen, no contenerlos aceptando su frustración y enojo cuando los experimentan. Eso sí que es «malcriar».

Pero este acompañamiento nos exige un esfuerzo extra. Contactar con lo que puede estar pasando debajo de una demanda «sin sentido», por ejemplo.

Si nuestro hijo hace un berrinche en el super porque quiere un paquete de caramelos, tenemos varias opciones:

  • o lo rezongamos por querer tantas cosas, (reprimiendo su autoexpresión, y enseñándole que sus demandas no son válidas)
  • o le compramos el paquete para que no llore más (no contactando con su real necesidad, y evitando el conflicto)…
  • o tratamos de ponernos en su lugar, y ver si su pedido no es en realidad una forma de llamar nuestra atención, de decirnos: «mirame, estoy acá«.

Qué son los límites, entonces?

Los límites existen naturalmente. Ningún padre va a permitir que su hijo camine al borde de una ventana. O que coma detergente.

Señalar que eso no se puede hacer porque es peligroso para su seguridad, sin usar amenazas, castigos ni premios, respetando su necesidad de explorar y validando sus sentimientos, es una forma respetuosa de «marcar límites».

Es básico también, estar en contacto con nuestros propios límites y necesidades.

Aceptar que no podemos con todo, que nos cansamos y que necesitamos ayuda. Dice el proverbio africano que «Para criar un niño hace falta una tribu».

Y seguramente ayude, poder separar en nosotros mismos los «caprichos» de las expresiones reales de nuestro rol paterno: de verdad es tan importante que no corran por el pasillo? O es que necesito hacer sentir mi superioridad como adulto?

Ustedes qué opinan? Cómo han enfrentado este tema?

 

5 Comments

  1. Magnífica entrada, Mariel.

    La palabra «límites», como bien dices, se ha convertido en el cajón de sastre de cualquier cosa que hagan nuestros hijos y que no nos convenga, ya sea por su propio bien… o por el nuestro.

    No puedo estar más de acuerdo con todo lo que dices en esta entrada. Enhorabuena por el post.

    1. Gracias Himar por pasar y comentar! Saludos rioplatenses 🙂

  2. […] voy a tomar otra punta del tema de los límites, que el miércoles pasado se me quedó en el […]

  3. […] Ya he mencionado, que desde una Crianza Autorregulada, lo que nos toca como padres es mirar hacia adentro. Contactar con nuestras propias heridas, y no cargar a nuestros hijos con nuestra mochila. En el caso de los famosos límites, esto también es así. Implica un ejercicio constante de empatía. Ponernos en el lugar de nuestro hijo. Contactar con cómo debe estarse sintiendo. Con su forma de ver el mundo. Y preguntarnos: “Realmente es necesario que yo lo limite en esto? O es que quiero hacer sentir mi autoridad como adulto? […]

  4. […] famosos límites empiezan a rondar nuestra cabeza. Lo estoy malcriando? Tengo que hacerle saber quién […]

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