Dicotomías

obediencia

Últimamente estoy viendo, en distintos ámbitos, repetirse una idea o concepto: la equiparación de la crianza amorosa con la «falta de límites» o el «dejar que hagan lo que quieran».
Creo que es algo sintomático del trauma que todos llevamos, en mayor o menor medida, por haber sido criados de forma más tradicional (no se me ocurre un adjetivo mejor): con penitencias, castigos, amenazas… en el mejor de los casos no habrán sido castigos físicos ni penitencias demasiado duras, pero todas esas acciones -repito, TODAS- provocan consecuencias no deseables en los niños.Entonces, si fuimos criados de esa manera, y no hemos abierto nuestra cabeza y nuestro corazón a la posibilidad de que existan otras formas… de que tal vez, nuestros padres se pueden haber equivocado, aunque seguramente hicieron lo mejor que pudieron… entonces, digo, es que cuando alguien nos dice «no castigo a mi hijo«, sólo podemos pensar que ese niño «no tiene límites«, «está malcriado«, «así estamos ahora, hacen lo que quieren«, etc., etc. Sin siquiera detenernos a observar cómo es ese niño.
A esas personas, les traigo una novedad: criar sin límites, dejando que los niños hagan lo que quieran, sin que haya consecuencias, también es una forma de criar sin respeto ni amor constructivo. De abandonar y no sostener a esa persona que está creciendo.
Es que en realidad son las dos caras de la misma moneda; una dicotomía que no es, ya que sigue validando al castigo, penitencias, etc., como los únicos recursos para educar/criar.

Hay otras opciones

La crianza que seguimos en casa, con respeto y apego seguro, camina por un sendero bien diferente.

  • No se castiga por ninguna acción porque se parte de la base de que ninguna acción es mala. Sí podemos equivocarnos -tanto niños como adultos-, pero se toma cada error como una oportunidad para aprender. Se agradece esa oportunidad, y se pide perdón (sí, los adultos también). El castigo además, es para nosotros improcedente: si produce una modificación de la conducta, es basada en el retraimiento y el resentimiento, no en el placer de aprender lo que nos hace bien.
  • Los adultos marcamos los límites que existan (y que no tienen por qué ser los mismos para todas las familias), pero no los imponemos; señalamos que allí están. Dependiendo de la edad del niño, pueden razonarse con él y flexibilizarse si se evalúa que no se adecúan a la situación. Intentamos que los que no pueden modificarse sean los menos posibles; solamente aquellos relacionados con su propia seguridad, y la nuestra. Tratamos que los «Sí» sean, al final del día, mucho más que los «No».
  • Contenemos y sostenemos la expresión de sentimientos «negativos», validándolos, poniéndoles nombre, y mostrando formas de expresarlos sin dañar a otras personas ni a sí mismo.
  • No usamos el «Tiempo fuera» o la «Silla de pensar», porque entendemos que es una alternativa al castigo igual de irrespetuosa, que no apunta al diálogo sino a «corregir» al niño.
  • Tampoco recompensas ni ningún otro refuerzo positivo, ya que creemos que lo que importa es el valor de las acciones por sí mismas y no por el reconocimiento ajeno.
  • Acompañamos y estimulamos la adquisición de la autodisciplina, más que imponer una disciplina externa, ya que ésta última no permite que el niño se sienta dueño de sus acciones (no se «porta bien» porque entiende que es lo correcto, sino por miedo a las consecuencias).
  • No usamos etiquetas sino que intentamos entender cada comportamiento en su momento y oportunidad.
  • Tratamos de estar atentos a nuestras propias sombras, emociones, exigencias… para no cargárselas en la espalda a nuestro hijo al interpretar sus acciones. También intentamos respetar nuestros propios sentimientos y rastrear a nuestro niño interior y sus necesidades.

Seguramente puedan seguir agregándose más elementos a esta lista. Algunos de ellos no han sido muy probados aún, ya que Thiago es chiquito todavía. Pero es nuestro deseo y hacia allí caminamos.
Por supuesto, hay días que uno está más cansado, o de mal humor, y se nos escapa algún viejo patrón de conducta, producto de la frustración. Es difícil ya que generalmente, no es lo que vivimos en nuestra infancia, y por lo tanto nos sentimos como marineros sin brújula. Pero en esos casos, aplicamos lo listado más arriba sobre nosotros mismos: me equivoqué, aprendo que no es la mejor manera, me disculpo, continuamos aprendiendo juntos. Es un camino de conciencia, amor y respeto, que vamos recorriendo con mucho placer.

7 Comments

  1. muy buen tema Mariel !! es algo para mi muy delicado, el poder navegar entre la educación y el exceso de permisividad o pasar de educar directamente. Es un tema que hace mucho tengo planificado escribir, pero te confieso que no lo he hecho todavía porque hay tanto material sobre lo contrario, es decir límites autoritarios silla de pensar, penitencias, pegotines con carita feliz para reforzar , ect…que siento miedo de hacer todavía más peso en esa balanza y que se malinterpreten mis palabras y sirvan de apyo a padres autoritarios.
    Pero es un debe muy grande, ya que muchos papás y mamás llegan a entender que » no se debe» hacer pero no tienen herramientas para hacerlo de otro modo.
    es un debate que da para mucho, gracias por abordarlo
    besos !! Silvana

    1. gracias por comentar silvana! es un tema peliagudo sí, creo que es de los más sensibles, ya que si uno señala o aconseja algo es más que probable que el otro salte sintiendo que se lo trata de «mal padre». creo que todos queremos ser los mejores padres que podamos, pero está bueno aportar ladrillos para construir conciencia sobre lo que hacemos y generamos con nuestras acciones.
      como vos bien decís, creo que muchas personas sienten instintivamente lo que no se debe hacer. pero nos entrenan tanto a desconfiar de nuestro instinto…
      cada persona va a leerte SIEMPRE desde su cristal e interpretará en consecuencia. animate a escribir en cuanto te parezca, exponerse siempre tiene riesgos pero creo que vale la pena!

  2. Una forma de saber que sentimos realmente de lo que estamos haciendo a nuestros hijos es describirlo en nuestra mente como si lo fuéramos a contar a alguien más. Y sustituir mi hijo/bebé por mi mamá/papá/espos@.
    Ejemplo:
    «Tiro el jugo sobre la alfombra me enojé tanto que le grite y lo mandé a su rincón de pensar para que aprenda»…
    Ahora piensa que inicias la frase con «mi marido»
    Es decir si nos avergonzaría contarlo como si fuera una acción que dirigimos a cualquier adulto nos debe avergonzar y debemos evitar hacerlo a nuestros hijos. En el fondo sabemos que es incorrecto pero lo aplicamos porque abusamos de nuestro poder como adultos sobre los niños , porque perdemos el auto-control o no conocemos otras alternativas y porque los sentimos de nuestra propiedad y no es así. Hay que respetar la dignidad de las personas en su etapa de infancia como la de cualquier persona en cualquier otra etapa.
    Otra forma de «probar» si la acción que pensamos realizar atenta o no contra su dignidad es preguntarnos «me gustaría que cuando yo sea anciano, con mis habilidades disminuídas y dependiente de otros me trataran/hablaran así?»

    1. Hola Esme,bienvenida y gracias por comentar! Es muy buena idea la que sugieres, no se me había ocurrido. Es interesante cómo en cierta forma, seguimos sin ver a los niños como personas merecedoras del mismo respeto que nosotros.
      Nos mantenemos en contacto!

  3. […] Balance: encontrar el equilibrio entre ser autoritarios y ser permisivos. Disciplina positiva; […]

  4. Excelentes explicaciones, como siempre, Mariel.

    Creo que todos los que practicamos este tipo de crianza nos encontramos muy a menudo con ese comentario, esa pregunta abierta, de los que no piensan que unos métodos así sean efectivos.

    Posts como el tuyo ayudan a que la gente vaya conociendo que hay «vida» más allá del autoritarismo y de la permisividad.

    ¡Gracias!

    1. Gracias a vos por pasar y comentar, Himar!

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